Mi Buenaventura, puro sabor Pacífico

Por Diego Alfonso

Nací hace 42 años en el 14 de julio, barrio que recuerda el día y el mes de la fundación de Buenaventura por Juan de Ladrilleros y Pascual de Andagoya, en 1540.

Aunque desde muy pequeño me fui a vivir a Cali, y luego a Bogotá, nunca me desligué de este paraíso de mi infancia, que por esos años estaba lleno de paz y de paisajes, naturaleza que afortunadamente en buena parte aún se conserva.

Recuerdo los amigos del barrio, varios de ellos aún recorriendo esas calles, antes empedradas, en compañía de sus hijos. Con ellos vivimos esa niñez que hoy es muy difícil vivir por el progreso y por el tiempo que actualmente corre más rápido y antes caminaba.

Descalzos y en paños menores recorríamos en gallada, cuál tarzanes colombianos, senderos llenos de árboles y monte, en medio de animales, algunos salvajes, que no se metían con nosotros y que nosotros respetábamos.

Recuerdo los paseos familiares al río Zabaleta, la olla negra por el fuego donde se cocinaba el sancocho y los sustos de aquellos que creyéndose valientes desafiaban las aguas turbulentas y los remolinos de este cauce.

En bicicleta o a pie, en compañía de amigos como Popiro, Jhon, Junior, Julio o Angela visitábamos barrios aledaños como Juan XXIII, Rockefeller, La Municipal, San Pedro, María Eugenia, El Modelo, Chuchofón y Porvenir, todo de puro desparche.

El sabor del Pacífico se disfrutaba en lugares reconocidos como la Sombrita de Miguel, pero también en puesticos de barrios, donde conseguía el pescado frito con patacón, el repingacho (parecido al pastel de yuca), las arepas rellenas de queso, las empanadas y las hojaldras de La Canoa.

Más adelante conocí la galería de Pueblo Nuevo donde, me atrevo a decir, se consigue el mejor sancocho de pescado del país, con pargo rojo, plátano y papas en medio de un caldo espeso blanco a base de leche de coco. Esto acompañado de un quíntuple, arroz con coco con patacón y cinco mariscos, entre ellos camarones, piangua, jaiba y toyo. Telésfora y otras mujeres de manos prodigiosas y rica sazón se encargan de preparar estas delicias.

Y si por casualidad queda algo de cupo en el estómago, aunque es poco probable después de esta comilona, en el parque Néstor Urbano Tenorio – donde también tengo buenos recuerdos de infancia – se consiguen el chontaduro grasosito y suave, el jugo de borojó o de caña y empanadas de mariscos para completar la faena.

Entre los atractivos turísticos de mi Buenaventura, además del parque ya mencionado, están la Catedral, el muelle turístico, con una gran vista hacia el Pacífico y de donde parten las embarcaciones hacia otros lugares de interés del municipio como La Bocana, Juanchaco y Ladrilleros.

También están el Palacio de Justicia y la reserva de San Cipriano, un bosque tropical al que se llega desde el corregimiento de Córdoba en las conocidas brujitas, medio de transporte que nos lleva en un viaje fantástico en medio de la naturaleza por la vía férrea en poco menos de una hora. Antes la impulsaba el operario con un palo que hacía de remo, hoy son motocicletas adaptadas para ese fin.

En San Cipriano hay ríos, charcos cristalinos, cascadas, senderos, para una inmersión total con la naturaleza y, en serio, desconectarse con las herramientas que ha traído el progreso. Allá el tiempo camina y no corre, como recuerdo esa infancia en el barrio 14 de julio.

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